martes, 30 de agosto de 2011

11. INFAMES TURBAS O NO TAN INFAMES

Dejó dicho Diderot que es mucho más fácil para un pueblo civilizado volver a la barbarie que para un pueblo bárbaro avanzar hacia la civilización. Creo que en eso estamos todos de acuerdo, aunque la memoria es corta y, más que víctimas de la idiotez, a menudo parecemos víctimas del olvido colectivo. Dado que mucho se ha escrito últimamente en la prensa acerca de los estallidos de violencia surgidos ya sea en el norte de África y en Oriente Próximo o en países más afines, aunque igualmente vecinos, como Reino Unido o, en menor escala y con otro alcance, inclusive en nuestras propias calles a partir del 15-M, ahora que el dulce estío toca a su fin no está de más hacer un repaso para invitar a la meditación.
Este mundo nuestro es un artefacto demasiado complejo y aún desajustado para que no pete siempre por algún descosido. Hasta la fecha y como asunto acaso de mayor relevancia política, 2011 nos ha traído la primavera árabe (ver el reciente ensayo del mismo título de Tahar Ben Jelloun subtitulado “El despertar de la dignidad”), de nefastas consecuencias para muchos inocentes, eso está claro, pero de frutos magníficos en lo que a la conquista de libertades civiles se refiere. Tras décadas de gobiernos totalitarios y ciertamente perversos, Túnez y Egipto han iniciado la senda hacia la democracia y con ella hacia la consecución de un estado de derecho. Allí donde los turistas paseábamos nuestra libertad de pensamiento y de expresión por la isla de Djerba o el Valle de los Reyes, nuestros amigos tunecinos y egipcios vivían bajo el yugo de la tiranía. La inmolación a lo bonzo del vendedor ambulante tunecino Mohamed Buazizi “despertó” al animal dormido, que abrió sus fauces, tomó la calle, se sirvió de las redes sociales, se jugó la vida y finalmente venció. Aunque el uso de la violencia siempre es difícil de justificar, las situaciones de opresión la hacen lamentablemente necesaria. ¿Qué hicieron en el ínterin “las fuerzas internacionales”? En mi opinión bien poco y un triste papel, como viene siendo la costumbre. Todos recordamos por ejemplo dónde estaban tranquilamente apoltronados durante los cuarenta años que los españoles pasamos enfangados en la ciénaga franquista.
La misma tibieza internacional –la ONU no deja de ser un gran tentetieso tratando de mantener el precario equilibrio y no está para saltos mortales; y no estoy de acuerdo con Eduardo Galeano en que toda intervención es invasión-, están sufriendo en estos días los países que en la estela de Egipto y Túnez se hallan ahora en idéntica tesitura, aunque con un final aún incierto; me refiero por supuesto a Libia, ya a las puertas de la emancipación, y a Siria, aún sanguinolenta. En la primera, el bautizado en su día como el Che Guevara árabe, es decir el histriónico y patético Gadafi, en lugar de batirse en retirada, ha combatido con todas sus armas a “los rebeldes”; mientras el pueblo sirio está siendo aplastado por una escalada de violencia represiva a manos del gobierno totalitario del presidente Bashar Al-Assad. Confiemos en que ambos dictadores se sienten pronto en el banquillo de los genocidas (¡Garzón, te echamos de menos!), y ojalá que a finales de año podamos celebrar el derrocamiento de cuatro dictaduras, a las que esperamos sigan otras muchas hasta que no quede ninguna (e incluyo por supuesto a la gran estafa, Cuba).
Vayamos ahora a las revueltas económicas, las que tienen su raíz en el descontento y no en el yugo que condena al terror y al sinsentido. Lejos de aplaudirlas, como sí hago con quienes se dejan la piel por construir un país habitable para sus hijos y usan la violencia (no por gusto sino por necesidad) porque las fuerzas internacionales no los defienden ni los salvaguardan, condeno sin excepción a quienes hoy en día, en pleno siglo XXI, se lanzan a la calle con pasamontañas para arrollar lo que encuentran a su paso ya sea en Chile (donde se blanden consignas como “Educación pública para todos”) o en Reino Unido (donde no hay consignas de ningún tipo). ¿Estoy contra la educación pública? Claro que no: estoy contra la manera de reclamarla en las calles de Santiago de Chile, ciudad que porfían por destrozar los vándalos y capital de un país donde espero nieguen la educación pública y toda otra clase de servicio público a los delincuentes que se están dedicando a boicotear la paz. Porque protestar pacíficamente es de demócratas; quemar, destruir, robar, agredir e incluso matar es de delincuentes y como tales espero que tengan su penitencia.
Por lo que respecta al Reino Unido y a lo sucedido en ciudades como Londres, Manchester o Birmingham (a imagen y semejanza de lo que ocurrió en otoño del 2005 en la banlieue parisina y en Grecia en el invierno del 2008), no es de recibo que a estas alturas los jóvenes desesperanzados tengan que usar la violencia para canalizar su frustración, pues dudo mucho que los muevan las ganas de incentivar cambios concretos de orden social: o los mueve la desesperación o los mueve el capricho cuando no son precisamente hijos de la exclusión. Y a ambas motivaciones tienen que dar respuesta los gobiernos y con urgencia. Las democracias del mundo no nos podemos permitir esa insatisfacción, ya sea general (el movimiento 15-M en España) o se halle localizada en polvorines concretos (los barrios ingleses, un barrio de Mallorca donde se enfrentan gitanos y africanos…). En estos tiempos, quienes sienten el peso de la guetificación y el desarraigo en países donde la mayoría goza de un notable estado del bienestar deben ser el objetivo prioritario. Y en este sentido es iluminador el reciente artículo de John Berger “Los tiempos que vivimos” (29/08/ 2011), que puede leerse en la siempre lúcida revista Sin Permiso:
http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4373
Así pues, atendamos sin dilación a las clases más desfavorecidas y a la inmigración puteada (la que sufre discriminación legal, económica y racial). Dejemos la violencia para hacer de un país un lugar “habitable” para todos y usemos otros métodos para convertir los países en lugares “confortables” para todos. Sabemos, con Luther King, que la violencia crea más problemas sociales de los que resuelve. Dediquémonos pues en cuerpo y alma a canalizar nuestras sociedades democráticas hacia un horizonte de expectativas mucho más justo, donde por ejemplo a alguien se le ocurra enviar a los parados sin cargas familiares a echar una mano en el asolado Cuerno de África.

miércoles, 1 de junio de 2011

10. POLÍTICAMENTE IN/CORRECTO

No sé si ustedes lo habrán advertido, aunque resulta difícil no hacerlo: últimamente la impostura de lo políticamente correcto está arraigando entre nosotros de un modo brutal. Lo que hace unos años era tan sólo un intento por borrar conductas claramente reprochables, es ahora una especie de misil dirigido al estómago del espíritu crítico. Cuando leí que los libros de Mark Twain (clásicos modernos donde los haya y transmisores de sentimientos dignos de aplauso como la amistad), iban a ser pasados por el cedazo de lo políticamente correcto, de manera que el entrañable negro amigo de Tom Sawyer y de Hukleberry Finn iba a pasar de "nigger" a "esclavo o persona de color", corrí a la librería más cercana para obsequiar a mi sobrino con ejemplares aún no expurgados. ¿No hubiera bastado con una nota explicativa a pie de página?

Al poco un director de cine (Nacho Vigalondo), que colaboraba con el diario El País, fue apartado de sus labores por hacer una broma inocente sobre el holocausto. Se aludió en su caso a que las bromas inocentes sobre el holocausto no existían… ¡Valiente sandez! Como si no existieran bromas sobre cojos, tuertos, soldados de Vietnam o anoréxicas. La vida es demasiado dura y el mundo demasiado cruel para que no podamos darnos el gustazo de burlarnos absolutamente de todo, especialmente de nosotros mismos y de nuestra historia reciente, incluido el atroz siglo XX.

Nadie duda –o nadie debiera dudar- que el holocausto fue una de las peores pesadillas de la humanidad (junto con otras muchas, cierto) por lo que tiene de constatación de la ausencia de límites de nuestra capacidad sádica. No sé de nadie con una neurona que no compadezca a los millones de personas que en dichas circunstancias sufrieron las peores atrocidades por parte de seres humanos parecidos a ellos (¿pero eran humanos quieres hicieron eso, se parecían en algo a sus víctimas, es humano quien carece de empatía?). Sea como sea, no hay nadie que se ría del holocausto sino que hay quien, haciendo gala de un sano sentido del humor, es capaz de trivializar la tragedia en un intento por conjurarla. No sólo es lícito, sino que es loable e, insisto, sano. No lo creyeron así los directivos de El País, sin duda presionados o acaso alelados, pues de otro modo la desmedida reacción no se entiende. O el colectivo de los judíos es realmente un gran club Bilderberg con más poder de censura que todos los Rockefeller juntos, o bien nos hemos vuelto majaras y ya ni siquiera podemos carcajearnos de nosotros mismos sin que con carácter de urgencia psicólogos especializados vengan a subirnos la autoestima por miedo a que una epidemia de suicidios masivos se extienda (como parece ser que está sucediendo en Japón, aunque a causa del maldito estrés).

Otro atajo de censores se concentra en las benditas asociaciones de padres: queriendo defender a sus retoños de las amenazas externas como si de niños burbuja se tratara, se pasan de rosca y propugnan un mundo de jauja donde hasta los malos parecen buenos, de ahí que se pasen el día persiguiendo conductas torcidas que airear en los medios. Víctima de su exceso de celo, el director del Festival de Cine Fantástico de Sitges ha sido denunciado por exhibir una película a todas luces durilla pero cine al cabo. Si hiciéramos caso de los pacatos, las repugnantes snuff movies no podrían ni siquiera denunciarse mediante películas como Tesis, el primer Amenábar, que fue un éxito en ambos sentidos: es una película estupenda y denuncia una realidad que da pavor. Sinceramente, prefiero ser consciente de la existencia de la mierda viendo de cerca su textura en forma de novela, película o lo que sea, que no dejar que la perfumen para morir en olor de inocencia. Vivir engañado pasa por eso, por tragarse la realidad edulcorada, algo en lo que las religiones tienen la mano rota.

Que se persiga con mano durísima la pederastia (uno de los males más execrables), que se exija un trato correcto para cualquier minoría, que se acompañe a las víctimas en su duelo... ¡Por supuesto! Pero que no me venga nadie a contar que querer matar a un señor por haber hecho unos dibujitos de Mahoma no se parece demasiado a expulsar de un diario a otro señor por hacer un chiste sobre los mal nacidos de los nazis y las terribles consecuencias de su infausto nacimiento.

La democracia es un medio, no un fin (a ver si vamos enterándonos) y hay que cultivarla con esmero como si de una flor exótica se tratara. La tendencia a la imbecilidad de las masas lo hace absolutamente necesario si queremos vivir en un mundo seguro, plural y habitable. El medio es pues el mensaje, como dijo McLuhan, y uno de los hilos vertebradores de ese medio que es la democracia es la libertad de expresión, sin la cual este mundo loco loco se va a ir al garete. Ay, si Gainsbourg levantara la cabeza no podría cantar ni una sola de sus canciones... Y es que el humor negro, señoras y señores, ayuda y mucho a construir un mundo confortable. Negarlo es castrar una de las vías de escape más útiles para que la rabia no se nos suba a la cabeza y desemboque en catástrofe. Porque insisto, la vida es dura y aún nos queda por ver mucha barbarie.

domingo, 1 de mayo de 2011

9. HOMBRES QUE VAN DE PUTAS

Tomé un camino distinto para volver a casa y surqué una carretera comarcal plagada de rotondas y bifurcaciones. El espectáculo que hallé a mi paso era humanamente desolador: decenas de muchachas tristes, como dice la canción de Serrat, aguardaban en los arcenes improvisados que lindan con campos y arboledas, bajo un sol inclemente, la llegada de algún cliente por menesteroso que este fuera. La hiriente primavera, que aquel día lucía en todo su esplendor, se reflectaba en sus carnes prietas y en algunos casos aún muy tiernas. Una de ellas se untaba las piernas macizas con crema hidratante sentada en una silla de plástico; otra se abanicaba con un pequeño bolso; la de más allá lucía una pamela generosa que a duras penas le cubría los hombros desnudos y paseaba como quien espera el autobús. A pesar del sórdido escenario, barrido por el viento y el zumbido persistente de los coches, llevaban faldas minúsculas, escotes inverosímiles y tacones de aguja; a todas el maquillaje les doblaba la edad quien sabe si queriendo desdibujar la melancolía de sus miradas, esa saudade impresa ya para siempre en sus rostros desdichados.
No hay nadie en su sano juicio, nadie que goce de salud mental, capaz de defender la prostitución a día de hoy. Los tiempos de las iniciaciones sexuales en los barrios marginales ya pertenecen a la historia de la mezquindad universal y a cierta literatura costumbrista. En este siglo agitado de emigraciones forzadas, la prostitución no es sólo una lacra como el hambre, la miseria, el racismo y tantas otras, sino que es una vergüenza para toda sociedad civilizada que se precie. En la era del confort y la cibernética, ¿qué es acaso sino el nuevo esclavismo, una modalidad abyecta y macabra de la capacidad que el ser humano posee de denigrar al otro? Hay chicas subsaharianas secuestradas por las mafias a las que se chantajea con vudú para que no escapen, jóvenes engañadas con empleos inexistentes que acaban encerradas en pisos cochambrosos, burdeles de carretera de una sordidez descorazonadora, dramas familiares difícilmente justificables.
La voz general clama por la abolición, por la erradicación drástica de la prostitución, por la devolución de esas mujeres inocentes a una vida digna y cuanto menos a ratos feliz, como la de cualquiera. Sólo una prostituta atemorizada defiende la libertad de vender su cuerpo si se le antoja, sólo una transexual llevada al límite de su desesperación por décadas de desprecio y ultraje es capaz de justificar la mal llamada profesión más antigua del mundo. ¿Acaso no merecemos todos igualdad de oportunidades para poder luchar por nuestros sueños? ¿Puede aspirar a ser médico o maestra una mujer o una transexual a quien a los quince años se robó la posibilidad de seguir estudiando, de vivir una adolescencia como la de cualquiera? Que no me venga nadie con aquella gilipollez de que lo hacen porque quieren y no les gusta fregar escaleras. ¿Por qué entonces no legalizar el tráfico de órganos y alegar generosidad en quien los venda para subsistir y dar un futuro a sus vástagos? Nadie hace lo que hace a diario una prostituta por gusto y alquilar la dignidad no es alquilar la fuerza de trabajo como hace ocho horas al día un vigilante jurado o una cajera del Caprabo, ni lo es ni se le parece.
Hace poco escuchaba al juez Baltasar Garzón en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona y este hombre justo, y ante todo valeroso, protagonista de un nuevo Caso Dreyfus de acoso y derribo injustificable, aseguraba que las cifras demostraban que el tráfico de mujeres era sin duda el negocio más rentable para los infames, por encima del tráfico de armas y del tráfico de drogas. Nuevas mafias, decía, seducidas por tan pingües beneficios, tienden sus redes a diario sobre nuevas víctimas inocentes.
Mientras, ajenos al dolor y a la barbarie en que viven esas chicas al borde de la carretera, al borde de la exclusión, al borde del abismo, que viven sus vidas ya con las cartas marcadas para siempre, hay hombres que van de putas: hombres casados, hombres de religión y de ley, hombres públicos, novios amantísimos, padres de familia, abuelos de nietas sonrientes. Pero no les digas que sus madres, que sus esposas, que sus hermanas, que sus hijas, que sus nietas cambien sus ocupaciones por rotondas y avenidas, que te escupirán a la cara toda su incoherencia, toda su pusilanimidad, toda su mierda. Mal vamos si no quieren para ellos lo que sí quieren para otras. Sin clientes no hay negocio, recuerden. ¿Multar a los clientes? Por supuesto, y que les salga bien caro comprar carne humana a precio de hamburguesa. Algunos periódicos han empezado por retirar de sus páginas los anuncios de contactos. Queda pues alguna esperanza y tal vez un día recuperen su nombre real esas muchachas tristes y no tengamos que llamarlas Calle, como canta con complicidad y cariño Manu Chao.

viernes, 1 de abril de 2011

8. NO PIENSO VER TORRENTE 4

Que en su primer fin de semana de exhibición la película Torrente 4 alcanzara la friolera de un millón de espectadores es una realidad que no podemos soslayar, una realidad triste y lamentable, admitámoslo. De nada sirve hacer ver que no ha sucedido y sería un ejercicio de irresponsabilidad por nuestra parte. Si España está "torrentizada", habrá que empezar a admitirlo o nuestra lentitud de reflejos nos llevará a acabar como nuestra vecina Italia, donde un fantoche mafioso, corrupto y putero gobierna un país de historia larga y fecunda donde habitan ni más ni menos que sesenta millones de personas, algunos de los cuales incluso leen a Dante. A este paso, si la masa insiste en decantarse por la escatología, la vulgaridad y el zorrerío, ¿cuánto tardaremos en tener como presidente a nuestro particular Berlusconi? No olvidemos que algunos políticos ya apuntan maneras, por no hablar de nuestro actual modelo formativo, que obliga a estudiar hasta a los más zopencos, con lo que en beneficio de estos se baja el nivel de todos hasta límites extremos. ¿Se sacó a la gente del analfabetismo instaurando la educación obligatoria para que nos complazcamos ahora en la mediocridad y la ignorancia? Algo está fallando y urge una reforma del modelo educativo o, lo dicho, los berlusconis y los torrentes acabarán ganando la batalla.

Santiago Segura es un tipo que me cae bien, lo admito, y celebro su capacidad para convertir en éxito sin par las aventuras de un marrano seboso rodeado de personajillos a cual más patético, que no dudo concibe con gran ingenio y rueda aún con mayor profesionalidad. Adviértase que no estoy opinando sobre su habilidad cinematográfica, sino sobre la recepción que esta tiene. A lo que añadiré otro dato, es probable que consecuencia de que mi ingenuidad anda últimamente de capa caída: no puedo evitar pensar que él es el primero en chotearse de quienes, entre tan abundante y variada cartelera (Iciar Bollaín, los hermanos Coen, González Iñárritu...), eligen su película un sábado por la noche. Lo imagino partiéndose de risa cuando la distribuidora le pasa las cuentas de la recaudación semanal.

Ya lo he dicho en el título de este artículo, no seré yo quien engrose sus ingresos sumergiéndome en un marasmo de fotogramas obscenos y soeces, risas chabacanas y kilos de palomitas. No seré yo quien destine 90 minutos de mi tiempo a contemplar las andanzas de Paquirrín, Belén Esteban, una actriz porno de expresión beocia, Kiko Matamoros o un tal Cañita Brava que sólo verlo ya invita a la compasión. Yo pago por ir a ver a Maribel Verdú, a Mercedes Sampietro, a Alberto San Juan y a Luis Tosar, y encantada les regalo mi tiempo, que con ellos se enriquece y mucho. Si en su día no me divertían ni las películas de Ozores, ¿cómo me van a divertir los muchos Torrentes del avispado Santiago Segura? Para colmo de los colmos su última entrega puede verse en 3D, lo que no supone un aliciente sino todo lo contrario: si algunas imágenes de su anterior filmografía ya invitaban a la vomitera, ¡qué clase de arcadas provocará tener según qué a un palmo de nuestras narices!
I'm so sorry, a mí la caspa no me va nada aunque arrase en taquilla (¿o sería mejor decir precisamente porque arrasa en taquilla?); yo sigo siendo más de latazo en V.O. (no hace falta que sea el último Godard, que conste, que se me indigestó bastante). Insisto, por mucho que ir de cultureta serio esté pasado de moda y ahora se lleven más las zapatillas deportivas medio rotas que los bien lustrados zapatos de cordones, sigo siendo de las que piensan que una cosa es pasar un buen rato y otra descender a los infiernos del aborregamiento y la deyección. El petardeo y la diversión tontaina son muy saludables, cierto, y sí, lo admito, a mí también me gusta cultivarlos a ratos; pero hacer puntos para convertirse en un descerebrado es otra cosa bien distinta. Porque, ¿saben?, ver telebasura con frecuencia sí te convierte en un imbécil, al igual que el envenenamiento es la consecuencia inevitable a la ingesta de matarratas. Ver Torrente 4, así pues, no tiene mayor trascendencia si no eres un españolito cutre con tendencia a la ordinariez, pero como los seas el resultado puede ser devastador.

Me niego a que la caspa española se vuelva aún más casposa gracias a películas como esta, a que la telebasura irrumpa en nuestras televisiones cada vez con mayor frecuencia y se eternice en nuestras pantallas hasta las tantas de la madrugada, a que los tronos de los reyes mediáticos sea cada vez más tronados... Que el canal de noticias CNN+ haya sido eliminado de la faz de la tierra para dar paso a un canal 24 de Gran Hermano me provoca una rabia inconmensurable y me quita el sueño la propagación masiva del virus de la estupidez, ya sea en forma de monotema futbolístico o de adoración a un Santo Padre misógino, homófobo y muy poco cristiano.

Cuando allá por el año de Naranjito (Mundial de Fútbol de 1982), Camilo José Cela aparecía en televisión confesando ser capaz de absorber un litro y medio de agua por vía anal, su intención no era otra que provocar y ganar lectores. Yo estoy segura de que los perdía, pero en fin, caso de que los tuviera sus asesores está claro que no pensaban como yo. Sus palabras quedan como un ejemplo de mal gusto y poco más. Santiago Segura, con sus Torrentes, hace algo peor: retrata una España que muchos quisiéramos que no existiera, un país donde como ya he comentado al comienzo hace mucho que la educación pasa por ser uno de los últimos objetivos en el ranking de prioridades. Con este panorama más que preocupante, podemos ir de modernos irresponsables y glosar las virtudes de esta serie de películas que rinden culto a la horterada guarra e invitar con lamentables ejemplos como este al retroceso social, o bien podemos ser responsables y advertir de sus peligros. No, no sean tramposos, no estoy diciendo con ello que todas las películas deban propugnar valores incuestionables y altamente formativos, ni que el arte como entretenimiento sea siempre un peligro, pero este baño de roña grasienta sí les aseguro que sienta mal a las masas, masas a pesar de los avances tecnológicos cada vez más desinformadas. Y es que, como dijo Oscar Wilde: "La estética es superior a la ética, pertenece a una esfera más espiritual". Estoy con Wilde.

lunes, 28 de febrero de 2011

7. FACEBOOK CONTRA LA INTIMIDAD

Hace ya muchos años que el problema de los paparazzi colea en la prensa del corazón como una peste bubónica de difícil solución y tan sólo los juzgados se arriesgan a poner coto a los desaprensivos que, para sacarse unos euritos, se arrogan el derecho a violar la intimidad de cualquiera. A mí la remotísima posibilidad de alcanzar la fama me ha parecido siempre una pesadilla por culpa de esas alimañas, y de quienes les pagan por subirse a las tapias de las casas o pasar la noche espiando los cristales de un restaurante con objeto de robar la instantánea de un vulgar cruce de miradas. ¡Mil veces ser rica que famosa!

Lamentablemente, la llegada de las cámaras digitales (pequeñas y de manejo tan elemental), así como de los móviles con cámara incorporada (que tanto daño están haciendo al bello arte de la fotografía), ha convertido en un paparazzo sin escrúpulos a todo quisqui. La era digital tiene esa doble moral: da facilidades y al mismo tiempo embota los sentidos con sus trucos de mago de provincias. Pase que los niños se extasíen con sus adelantos, pero ¿y los mayores? "¡Guau, podemos hablar y vernos las caras a través de la Webcam! Aprovechémoslo y hablemos cada noche tres o cuatro horillas aunque no tengamos nada que decirnos..." Me parece estupendo que en sus casas la gente pierda el tiempo como mejor le plazca, pero que fuera de sus cuatro paredes se comporte.

Y es que cada vez resulta más difícil sustraerse al acoso fotográfico; en cualquier esquina, restaurante, concierto, terraza o interior podemos toparnos con uno de esos émulos de Cartier Bresson haciendo de las suyas. Son seres a los que nada frena, ni siquiera un sonoro "¡Puedes hacer fotos hacia otro lado, so cabrón!". No somos Shakira, ni Piqué, ni siquiera Lady Gaga, ni sus primos, sus novias, sus amigos, pero insisten en hacer fotos de conjunto en las que nosotros aparecemos como una pieza más del decorado.

A unas conocidas mías les ha dado por organizar fiestas en un céntrico hotel de la Ciudad Condal y asistir se ha convertido en un infierno tal que hay quien ha optado por no ir. Estar ahí es mucho más peligroso que pasearse por la plaza Tahrir de El Cairo en plena revuelta, donde hasta llegaron a violar a una periodista norteamericana (¡qué fuerte!). En el bar del hotel en cuestión nadie te toca un pelo sin tu consentimiento (algo es algo), pero los flashes salen disparados por todos lados como si estuvieras en la gala de los Oscar, aunque alrededor sinceramente haya poca cosa de interés. En consecuencia, al día siguiente una tiene que hacer el recorrido por los mil perfiles de Facebook y llevar a cabo un buen barrido para eliminar recuerdos no solicitados de la noche anterior. Que una esté tranquilamente tomando una copa no da derecho a nadie a hacerle fotografías y mucho menos a colgarlas después en Internet sin su permiso. Esa es una más de las perversiones de la red, que no sólo aboga por la falta de sentido común sino por saltarse a la torera cualquier ley aprobada por un gobierno democrático (por cierto con el esfuerzo de muchos).

Sé de alguien que se ha dedicado a hacer perfiles falsos con los que entra por la puerta grande en los Facebook de perfectos desconocidos, es decir siendo aceptado como amigo; no lo hace por afán de curiosidad, sino con espíritu de denuncia. Quiere demostrar con ello no sólo que las redes sociales son un invento tirando a patético, de una fragilidad que roza el peligro, sino que la gente está agilipollada y allí donde antes se tapaban las caras de los menores para evitar disgustos, ahora salen niños en bañador haciendo monerías sin que asome en los padres ningún atisbo de recato; que acepten en su grey a cualquier psicópata es pues lo menos grave que puede sucederles. Por su parte el periodista italiano Tommaso de Benedetti hace tiempo que practica el arte de realizar entrevistas falsas y hacerse pasar por célebres escritores en la red, suplantándolos descaradamente en un afán por demostrar la precariedad del medio en cuestión.

Como contrapartida, ya existen empresas dedicadas a borrar rastros indeseados en Internet (bulos, calumnias...). Unos amigos llevan años padeciendo una denuncia falsa de gran enjundia y, aunque ya resuelto el caso judicialmente a su favor, en Internet la infamia sigue asociada a sus nombres impolutos. ¿Para cuándo rastreadores de fotografías indeseadas? Por lo pronto, los amantes de la privacidad y la intimidad empezaremos por ir tan sólo a locales donde un cartel rece: "Prohibido hacer fotos". ¿Pero de verdad es necesario prohibirlo todo para que los necios no atenten contra el sentido común? He leído que se han instalado los primeros carteles de "Prohibido cagar en la vía pública". ¿Tan lerdos somos, tan majaderos?

lunes, 31 de enero de 2011

6. FUMAR O NO FUMAR, THAT'S THE QUESTION

No creo que en la Comunidad Valenciana sean más tontos que en el resto de España, pero algo pasa cuando es precisamente allí donde un grupillo de propietarios de bares ha iniciado una campaña de recogida de firmas para tratar de reformar la recién aprobada ley que prohíbe terminantemente fumar en dichos locales. Que eso ocurra precisamente allí quizás tenga alguna relación con que dentro de su territorio se hallen las rutas del bacalao más codiciadas (léase los lugares más propicios para ponerse hasta el mismísimo ojete de drogas de diseño) y también las combinaciones cromáticas más perjudiciales para la salud ocular, ya sea en soporte textil u ornamental. Por no hablar de la extendida teoría que reza, y no sin cierto fundamento, que allí siguen gobernando los mismos que gobernaban antes de la transición.

En esa línea, a raíz de la entrada en vigor de la Ley Antitabaco, en el sevillano municipio de Montellano un simpático hotelito ha puesto en marcha una campaña según la cual hace descuentos a los fumadores y les invita a un copazo con el primer cigarrillo que inhalen a las puertas de su establecimiento. No sé porqué, eso me trae a la memoria el personaje que interpreta Chiquito de la Calzada, que es malagueño a la par que ingenioso, y también algunas escenas de Los Morancos, que son sevillanos a la par que divertidísimos.

Estoy segura de que tanto los vindicadores bares valencianos como la ocurrente hostería cosecharán un gran número de adeptos, del mismo modo que si planteáramos un referéndum sobre la conveniencia de suprimir los impuestos, el grueso de los españolitos de a pie, desde su ignorancia secular, dirían que sí, que impuestos fuera y que ancha es Castilla; como es evidente sin pensar que al día siguiente no tendrían donde irse a curar las gripes ni donde depositar a sus vástagos a las nueve de la mañana... El españolito de a pie es así, inconsciente por naturaleza, amigo de la francachela y del tapeo, de las cañas de cerveza, de la cuchipanda y de la opinión al tuntún, sin reflexión previa. Ya lo era antes de que San Francisco Franco lo redujera a base de golpes de yugo y flecha, de ahí que la República durara dos telediarios, y lo sigue siendo hoy, con conexión Wifi en un montón de hogares y acciones bursátiles en la cartera virtual de cualquier hijo de vecino.

Su molicie respecto a los deberes y su afición desmedida a reivindicar a diario múltiples derechos que él mismo se atribuye, se debe sin duda a esa afición desmedida a la holganza y al zanganeo, prima hermana de la inconsciencia, a su vez gemela de esa especie de ingenuidad endémica que lleva a unos cuantos empresarios de la hostelería a alardear de sufrir ingentes pérdidas a causa de la citada ley, como si súbitamente quienes tienen sed no entraran en los bares para aliviársela y quienes tiene sueño no entraran en los hoteles para conjurar el cansancio tan sólo porque en dichos lugares el fumar haya dejado de ser un placer. Lo de "personas perjudicadas por la Ley Antitabaco" ya es el acabose...

Decía Chesterton en una frase genial, como tantas suyas, que hay dos tipos de personas: las que dividen a las personas en dos tipos y las otras. Para mí, en cambio, hay dos clases de personas: las que fuman y las que no. Quisiera creer en categorías de mayor enjundia ontológica, pero mi simpleza no da para más.

Para justificarme diré en mi descargo que es probable que dicha teoría tan poco elevada provenga de las horas que pasé de pequeña en el Puente Aéreo, haciendo el trayecto Madrid-Barcelona y viceversa. En esos primeros años de la democracia, cuando esta aún no había alcanzado demasiada entidad, aún se podía fumar a espuertas en los espacios públicos, incluidos los aviones, lo cual era, para mi olfato infantil, un verdadero tormento. Quienes no lo hayan vivido no pueden hacerse a la idea de lo que eran esas últimas filas atestadas de fumadores nerviosos, por no decir histéricos, algunos de ellos con pánico a volar. La humareda era tal que se desplazaba por encima de los asientos y alcanzaba las filas de primera clase. No hubiera sido de extrañar que el personal de vuelo usara mascarillas para evitar el cáncer de pulmón, aunque no vi rastro de ellas. Acaso hicieran inhalaciones de oxígeno puro cuando llegaban al final de pasillo para evitar crisis respiratorias, lo ignoro. Lo que sí sé es que ansío con toda mi alma que esos tiempos no vuelvan y me importa un carajo que los desaprensivos fumadores tengan que meterse la dosis de nicotina en ventiladas aceras a 0º o en mitad del desierto a 40º. Ya han sido muchos años de aguantarlos, estamos hartos de ser fumadores pasivos y tenemos derecho a respirar.

viernes, 24 de diciembre de 2010

5. PIRATAS DE PACOTILLA

En plenas vísperas navideñas, con las calles atestadas de ciudadanos supuestamente afectados por la crisis que no hacen más que consumir como posesos, empeñados un año más en llenar sus casas de objetos superfluos y sus armarios de prendas innecesarias, la llamada Ley antidescargas (o directamente Ley Sinde), ha sido rechazada en el Congreso, ahí es nada.
Como era de esperar, los creadores que día a día ven pisoteados sus derechos y están hasta los mismísimos de que brillen por su ausencia los medios para evitarlo, han puesto el grito en el cielo y un nutrido batallón de escritores, entre otros muchos profesionales, se ha aprestado a firmar un Manifiesto por el Copyright. Han visto cómo moría desangrado el sector musical por culpa de la piratería sin freno, cómo está a punto de sucederle otro tanto al sector cinematográfico y no quieren que pase lo mismo con el suyo, que por cierto es también el mío.

En las antípodas, un grupo bastante numeroso de airados internautas que se hacen llamar a sí mismos "Hacktivistas" (con el nombrecito de marras está todo dicho) se ha alegrado un montón, pues su sueño colectivo parece ser el de poder afanarse cualquier creación ajena por la patilla sin que nadie ose decir esta boca es mía. Así, desde sus madrigueras infestadas de pantallas, teclados, Mp3, iPhones y otros aparatejos carísimos, decoradas con posters del Che Guevara o acaso de Fidel Castro (¡viva la contradicción!), o lo que es lo mismo, desde sus enfermizos mundos virtuales (que tan poco tienen que ver con el real), han llegado a afirmar: "La voluntad de la ciudadanía ha terminado por imponerse a las presiones de lobbies, embajadas y gobiernos extranjeros sobre nuestros representantes".

Es evidente que estos muchachotes con pinta de pertenecer a la generación Ni-Ni -que ni estudian ni trabajan porque ambas cosas cansan, como dijo Pavese- han visto demasiadas películas, y muy pocas que no sean superproducciones norteamericanas de dudosa factura mental. Con tamaño bagaje a sus espaldas, seguramente forman también parte de ese grupo que ve conspiraciones por todas partes e imagina a los gobiernos mundiales sin excepción como monstruos policéfalos empeñados en destruir el planeta y capaces de las más maquiavélicas intrigas (nadie ha dicho que el poder santifique, pero de ahí a creer que todos los poderosos son el Dr. No...). Deben de ser también los mismos que se rasgan las vestiduras cuando salen a relucir documentos secretos que casi siempre revelan lo que todos imaginábamos (WikiLeaks, etc...) y que entre birras exclaman: "¡Qué fuerte!". Acaso si se dignaran a acudir a las urnas cuando hay elecciones, se implicaran en los barrios o se mojaran poniendo pasta en organizaciones como Amnistía Internacional, sus quejas estarían más fundadas. Pero claro, están demasiado ocupados yendo de Facebook a Twitter y viceversa y la guita se la gastan en los últimos gritos de la tecnología, sin que les duela entonces rascarse el bolsillo. Pero pagar por un libro de Carver o un disco de Amaral les suena a chino, quizás porque las Converse o las Bikkemberks que lucen en los pies ya han esquilmado la paga mensual que les dan sus papás.

Mientras tanto los creadores (novelistas, traductores, ensayistas, poetas, dramaturgos, guionistas, etc.), nos empeñamos en echarle un montón de horas diarias a ordenadores obsoletos y no podemos perder el tiempo en las redes sociales ni presumir de marcas porque la cultura está tan mal pagada que cobramos menos que una señora de la limpieza. Como no tenemos ni vacaciones, ni bajas remuneradas, ni subsidio de desempleo ni nada parecido, nos conformamos con tomar un té de vez en cuando (que sale barato) y entretener nuestras escasas pausas laborales poniéndonos colirio en la mucosa ocular o antiinflamatorios en las contracturas musculares. Al parecer, quienes creen que nuestro trabajo no merece remuneración alguna, hasta esos pequeños lujos quieren quitarnos.

¿Irresponsabilidad, inconsciencia, ganas de hacerse los modernos o tan sólo ceguera absoluta ante una realidad cambiante pero no por ello consensuadamente autodestructiva? ¿De veras piensan que en estas condiciones vamos a seguir amenizando su ocio con películas, música, libros y demás? Ya pueden irse aficionando a los videojuegos, que dentro de poco no tendrán nada más. ¡Ah, no, que también los piratean, o sea que se los van a cargar!

Que la creación forma parte del PIB de un país es algo tan palmario que parece fuera de toda discusión. La ministra de cultura resta importancia a la negativa del congreso augurando una pronta solución, e insiste en que los partidos coinciden en la defensa de la propiedad en Internet y tan sólo difieren en las fórmulas. ¡Ojalá! Sería bueno que sus señorías entendieran la urgencia de aprobar esa u otra ley semejante, y el grave peligro que acecha a un país que no regula la propiedad intelectual. Una cosa es tener internautas irresponsables y otra muy distinta tener diputados insensatos. Resumiendo: del mismo modo que si en los supermercados empiezan a no pasar por caja los salchichones estos no tardarán en desaparecer, otro tanto pasará con los contenidos culturales si no espabilamos.

Estaría bien que los piratillas salieran de su rincón y se fueran a dar un garbeo a la biblioteca-mediateca más cercana: allí podrían leer gratis y ver películas gratis, al tiempo que se deleitan los oídos con una buena emisora de radio (con cascos, eso sí). Necesitamos jóvenes sensatos, no dislocados cibernéticos. Y es que la modernidad está en otro sitio, por ejemplo en hacer de la patria de Cervantes un lugar donde se pague más por los sonetos de Shakespeare que por un cubata bien cargado: eso sí que sería una auténtica revolución y no los modelitos patéticos de Lady Gaga. Sepan nuestros piratillas errados que el efecto es similar, aunque los poemas no deja resaca.

jueves, 2 de diciembre de 2010

4. FRIKIS AL PODER

Mientras el freaky vive su momento álgido por excelencia y aumenta su presencia por kilómetro cuadrado, la Real Academia de la Lengua se niega a aceptar la versión castellana del término: friki o friqui, a gusto del escribiente. ¿Cómo llamar entonces a esos tiparracos y tiparracas que, suscitando a diestro y siniestro vergüenza ajena, se hacen con la simpatía del público menos preparado o, por decirlo más groseramente, de los lerdos?

La desaparición de cualquier atisbo de decoro, arrumbado en algún rincón de la decencia en hogares donde aún existe alguno de esos objetos rectangulares llamados libros, y la fagotización del buen gusto en pro de modalidades estéticas ajenas a cualquier concepción de la misma que no sea la moda latin king, la moda putón verbenero y la moda parezco un hortera de tomo y lomo y encima lo soy, han aupado hasta límites insospechados la "reputación" de esos candidatos a ser defenestrados por sus propias sombras.

La cosa esta que arde y el inminente riesgo general de descarrilamiento parece imparable. Cierto es que han pasado ya algunos añitos desde que la exuberante Cicciolina, actriz porno húngara, llegara al parlamento italiano, donde propugnaba la práctica sexual sin freno y la despenalización de las drogas. Y que al musculado Schwarzenegger está a punto de acabársele el chollo de ser gobernador de California. Y cierto es también que nuestra vecina Italia parece contar con un número mucho más elevado de lerdos entre sus votantes, lo que ha permitido que un sinvergüenza como Berlusconi, a quien a chulo no le gana nadie, haya llenado la política de azafatas televisivas (velinas) y señoritas de dudosa reputación (Vease el ensayo Papi. Un escándalo político -Duomo Ediciones-, traducido por quien esto firma). Si visitan algunos de los bellos rincones del país de Leonardo Da Vinci, Miguel Ángel o Verdi, no se olviden de disfrutar de la impar experiencia que supone encender la televisión del hotel y ver y escuchar los debates parlamentarios, donde la cirugía plástica ha hecho estragos, que se asemejan bastante más a los muchos programas del corazón que aniquilan aquí día tras día la sensibilidad de los españoles de clase baja, antaño dignísimos trabajadores y hoy meras caricaturas de sí mismos.

Viendo que todo el monte sí es orégano, surgió hace relativamente poco la pregunta del año: "¿Votaría Ud. a Belén Esteban si se presentara a la presidencia del gobierno?", siendo la respuesta casi mayoritaria "Sí". ¡Para cortarse las venas! Aunque nada que extrañar después de tan educativos ejemplos como Jesús Gil, Julián Muñoz o los nuevos ricos engominados del caso Gürtel. Las recientes elecciones al parlamento catalán han llevado a la realidad tamaña pesadilla imaginaria, dándole ni más ni menos que 6.982 votos a la candidatura que contaba entre sus filas con Carmen de Mairena, popular travesti que fue en su día cantante de cuplés y que en fechas recientes fue acusado de proxenetismo, es concreto de alquilar habitaciones de su propia casa para la práctica de la prostitución. Por suerte dichos votos han sido insuficientes, cosa que no ha sucedido con el ex presidente del Barça, Joan Laporta, que ha dado el salto a la política aupado por 102.197 papeletas electorales, ahí es nada.

De la noche a la mañana, un señor famoso por jalear a millonarios imberbes que juegan a darle patadas a un balón y amigo de las copas y los saraos, se ha convertido en la séptima (!) fuerza política en el Parlamento de Cataluña. No sólo ocupará un asiento en dicha cámara, sino que además tendremos que escucharle dar consejos económicos al partido en el gobierno cuando él mismo está a punto de ser acusado de estafa a gran escala, pues ha dejado el club de fútbol que regentaba cual si fuera un bar de alterne en números tan rojos que el grana del Ferrari que seguramente guarda en el garaje parecerá apagado.

Si Berlusconi manda en Italia (ojalá lo aparte la moción de censura), si Laporta se sienta en el Parlamento catalán, si Belén Esteban parece tener allanado el camino hacia la Moncloa, es que este mundo nuestro se ha vuelto loco loco loco, como decía la película, y que cualquier imbecilidad es posible. ¿Parlamentarios histriónicos gobernando el mundo? ¡Por favor, no! Y es que sí queremos ministros de cultura como Gilberto Gil, sí queremos voces libres como la de Labordeta, pero no Gadafis en versión hispana ni analfabetas funcionales hablando de política internacional o de conciertos autonómicos en materia de sanidad.
  

martes, 30 de noviembre de 2010

3. LOW COST, LOW TODO

Dicen los expertos que un avión es, con mucho, el medio de transporte más seguro que existe y que su índice de seguridad está muy por encima del riesgo de desacarrilamiento de los trenes o del choque frontal de un vehículo a motor en una serpenteante carretera secundaria. Desde mi ignorancia tecnológica (no entiendo ni el funcionamiento teléfono, ni la televisión, ni siquiera cómo demonios se mantienen los barcos a flote), acato su dictámen.

Los nuevos tiempos y las nuevas modas, sin embargo, pugnan con fuerza por llevarles la contraria. Y es que meterse en un avión se está convirtiendo en un deporte verdaderamente de riesgo: ríase el lector del rafting, el puenting, el paracaídismo y otras lindezas semejantes, donde los valientes exponen sus cuerpos al más catastrófico de los accidentes. Desde hace unos añitos, con la llegada de las líneas de Low Cost y el consiguiente abaratamiento de los billetes aéreos (que invita a viajar a tierras lejanas hasta a quien ni ha pisado las afueras de su pueblo), los aviones han dejado de ser un lugar más o menos confortable y a todas luces friendly para convertirse en un verdadero infierno que ni Dante en sus peores pesadillas.

Mi humilde experiencia de viajera aérea desde muy niña (en esos años tempranos sobre todo del Puente Aéreo, ahora en proceso de extinción gracias al bienaventurado AVE Barcelona-Madrid y viceversa), me ha llevado a pensar que, dado su frenético y acelerado descenso hacia la cutrez más absoluta, las compañías aéreas debieran suministrar, previamente al trance de meternos con calzador en sus aparatos, una pequeña botellita de licor de 40 grados por pasajero (de esas que hallamos en los minibares de los hoteles); sería un modo "amable" de hacernos el viaje más placentero. Es tan reducido e insuficiente el espacio que se destina a cada ser humano, que juraría que en un futuro no muy lejano sólo podrán viajar los enclenques y los niños menores de once años. Quienes medimos más de 1,70 m, nos las vemos y nos las deseamos para encajar nuestras piernas en esos fosos enanos que les han sido destinados. Por no hablar de la imposibilidad de realizar un simple estiramiento de brazos (como el que suele acompañar a algunos bostezos): corremos el riesgo de sacarle un ojo al vecino o directamente chocar contra el respaldo del asiento delantero, que está plantado a dos palmos exactos de nuestras narices. Y eso sin contar con que nos toque una persona generosa de carnes en las proximidades (eso ya puede ser el acabose), por no hablar de los que optan por reclinar sus asientos (¡cabronazos!).

Lo dicho, alguien (por ejemplo los gobiernos) debiera poner límites a esa reciente afición de las compañías aéreas a tratarnos como al ganado que se hacina en los camiones que todos hemos visto alguna vez, en los que gorrinos, ovejas o gallinas se agitan buscando resquicios de aire respirable.

Así las cosas y siendo ya nefando el servicio ofrecido en esos vuelos a veces larguísimos, viene a empeorarlo la escasa adaptación que muestran los pasajeros a esta nueva modalidad de transporte. No sólo no son conscientes de la mengua del espacio vital de cada cual, sino que lo invaden groseramente más allá de los límites tácitos. ¿Dónde se ha visto que antes siquiera de parar los motores del avión, cuando las señales que obligan al uso del cinturón de seguridad centellean aún, el groso de los ocupantes se levante como un solo hombre (con el riesgo de dejarse la cocorota en el intento) e invada raudo el pasillo central, a todas luces estrechísimo. ¿Alguien les ha dicho a esos benditos que no van a salir antes en modo alguno? ¿Quiere de una vez el personal de vuelo de Ryanair, Vueling, Easyjet, etc. hacer que esa panda de gilipollas se quede quietita en sus asientos?

Dentro de poco los psicólogos recomendarán los vuelos de Low Cost como terapia de choque para quienes, haciendo gala de un espíritu antigregario muy poco acorde con el siglo, insistan en vivir ajenos al cotidiano hacinamiento. ¡Qué lejos aquello de que el progreso nos hará libres! Y es que el Low Cost va a acabar dejándonos por debajo de nuestras más humildes aspiraciones.

2. ¿HUELGA GENERAL? VERGÜENZA NACIONAL

Viene esta reflexión a colación de la huelga general celebrada el 29 de septiembre.

La huelga tiene su origen en la Revolución Industrial, que supuso la eclosión del trabajo asalariado. Pero desde los ludistas que rompían máquinas en la Inglaterra de principios del XIX, ha llovido mucho y el mundo ha cambiado también mucho, aunque lamentablemente no en todas partes en la misma proporción, lo que hace que la lucha por una igualdad real sea aún muy necesaria.


En 1975 (año glorioso en este país), el esfuerzo de muchos hizo que el derecho a huelga pasara a ser aquí una opción de la que disponen los trabajadores, entendida como medio legítimo de reivindicar la mejora de las condiciones laborales.

Por desgracia se usa tan mal que da vergüenza ajena, por lo que el sindicalismo (nacido para defender a la clase trabajadora, que por cierto somos casi todos) ha pasado a convertirse en un movimiento que haría bien en extinguirse.

No estoy diciendo con ello que no deban existir organismos que velen por el presente y el futuro de todos, por supuesto que debe haberlos, sino que los que actualmente dicen hacerlo (UGT, CC.OO...) no sirven. ¿Para qué quieren/queremos los trabajadores a unos dirigentes sindicales que al tiempo que defienden el derecho a huelga niegan el derecho al trabajo de quienes no quieran hacerla?

El problema de España es que hay demasiado vago suelto y demasiado corto mental que se deja guiar como un cordero, atendiendo a consignas que nadie con dos dedos de frente seguiría. Ver a unos ciudadanos (si es que se les puede llamar así), ataviados con los colores sindicales, quemando contenedores y ruedas, rompiendo cristales, dañando vehículos, agrediendo verbal y físicamente a quienes no piensan como ellos, es bochornoso. Y una se pregunta dos cosas:
1) ¿Cómo puede ser que al día siguiente no sean expulsados de los sindicatos a que pertenecen (sin posibilidad de readmisión, por supuesto)?
2) ¿Cómo puede ser que sus actos vandálicos no los lleven directitos a comisaría, que es donde irían de llevar a cabo cualquiera de esas actuaciones otro día del calendario?
Que ese día la calle se convierta en territorio comanche es un despropósito y un atentado contra las libertades conseguidas con tanto sudor por gentes pacíficas y sensatas que lucharon por un estado de derecho.


¿Empresarios explotadores, trabajadores puteados? Eso ya pasó a la historia. Ahora los trabajadores tienes tres televisiones, dos coches y los sábados se pasean por IKEA. ¿Piquetes en las puertas de las fábricas, en las cocheras de autobús, en las estaciones de tren, en los centros comerciales? ¡Por favor! Toda la escoria que participa en esos actos vandálicos debería ir derechita a la frontera, despojada de todos sus derechos legales y sociales. A esos delincuentes, porque no merecen otro nombre, no los queremos en este país que sí se esfuerza a diario por progresar y dar a sus hijos un futuro mejor. Toda esa gente no merece educación gratuita ni sanidad gratuita ni derecho a voto y mucho menos prestación de desempleo.

Huelga, sí, por supuesto, cada vez que sea necesaria: huelga de brazos caídos, concentraciones silenciosas frente a los organismos pertinentes y lo que haga falta para salvaguardar derechos fundamentales. Y sobre todo, una asistencia masiva a las urnas. Se acabó el decir yo no voto porque no me gusta ningún partido. Si no votas, luego no te quejes.

PD: Por si alguien anda errado, quien esto firma vota siempre a partidos que defienden posturas progresistas y creen en la justicia social.

1. PENSAR Y RESISTIR

Me viene a la cabeza la frase de Descartes, el célebre "Pienso, luego existo" que en latín reza "Cogito ergo sum". Y allí donde el ilustre francés categoriza, él siempre tan racionalista, yo dudo, dudo, dudo; será porque los hay que aún pensando, parece que no existan.

Pienso por ejemplo en los votantes de partidos que propugnan carpetovetónicos modos de vivir, teñidos de homofobia, racismo y otras lindezas semejantes, y que ajenos a todo, acaso por herencia genética o cultural, se encastillan en posturas enemigas del sentido común. Y también en aquellos que siendo fieles a doctrinas descaradamente contrarias a cualquier atisbo de raciocinio, se aferran a su fe como a clavos ardiendo. Por no hablar de quienes con su incivismo hacen la vida imposible al que está al lado, demostrando que jamás entendieron que el pájaro que ensucia su propio nido es un idiota y otro tanto el que ensucia sus propias calles, atenta contra la tranquilidad de su vecino, boicotea los servicios comunes, etcétera...

¿Piensan ellos?, me pregunto. Sin duda lo hacen: piensan como les place y yo lo aplaudo, y si hiciera falta por su derecho a seguir haciéndolo daría un brazo, pues soy de las que creen que en la libertad de expresión sigue estando la clave de cualquier progreso. Piensan, hemos dicho, ¿pero existen? Aquí la cosa se complica. Me planteo la cuestión y dudo, dudo, dudo. ¿Respiran el mismo aire que yo, pisan las mismas calles, usan los mismos transportes públicos, se sirven de los mismos hospitales? ¿Ven acaso las mismas noticias en los telediarios? ¿Escuchan los mismos trágicos sucesos en la radio? ¿Advierten la barbarie que late aún con tanta virulencia en cualquier parte? ¿Abren los ojos y los oídos al salir de sus casas? Mis amigos y yo sabemos de abusos, injusticias, lapidaciones, presos políticos, salvajes violaciones, miseria y latrocinio... ¿Las desconocen ellos?

Ante tal magnitud del sinsentido, viendo que sus inclinaciones poco tienen que ver con un futuro más digno para todos, con un mundo más justo y mejor repartido, y viendo asimismo cómo se empeñan en defender posturas tan contrarias a la civilización, con qué convicción yerran, decido que si pienso, sólo me queda resistir. Así que si pienso, resisto. Y es que otro modo no sé de ser para que sirva de algo.